viernes, 13 de octubre de 2017

Blade Runner 2049 (2017)***** o ***

Dir: Denis Villeneuve
Int: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks, Robin Wright, 
Mackenzie Davis, Carla Juri, Lennie James, Dave Bautista, Barkhad Abdi, David 
Dastmalchian, Hiam Abbass, Edward James Olmos.


CUANDO LOS REPLICANTES SON MÁS HUMANOS QUE LOS PROPIOS HUMANOS. 

¿Estaría usted seguro de pasar el test que diferencia a humanos de replicantes? ¿Qué somos? ¿Cuanto tiempo nos queda? ¿Adónde vamos? Estas preguntas tan humanas se las hacían ya los replicantes Nexus 6 del filme Blade Runner de 1982. Entonces la megalópolis de Los Ángeles se hallaba sumida en el horizonte espacio temporal del año 2019. Ahora, treinta años después, la situación no ha ido a mejor, todo lo contrario. La ciudad ha crecido aún más, está mucho más polucionada. Sólo los más pobres y los replicantes clandestinos viven como pueden en total aislamiento, controlados por la tecnología e inmersos en una realidad deprimente que sólo otra realidad artificial, la virtual, parece aliviarles un tanto, mediante acompañantes virtuales que “les hacen la vida más fácil y amable”. 

Blade Runner 2049 deja claro en su título que no es un remake o una nueva versión de la misma historia actualizada técnicamente y con un reparto de nuestros días. El director que se ha atrevido con una empresa tan difícil y de tanta responsabilidad para afrontar un nuevo proyecto sobre un filme de culto como es el Blade Runner dirigido por Ridley Scott  (una de sus mejores obras sin duda, junto a Alien, el octavo pasajero) hubiese cometido un error garrafal, aunque técnicamente ese remake hubiera sido perfecto. Denis Villeneuve (uno de los mejores directores en la actualidad) no iba a caer en ese error que hubiese permitido comparaciones mucho más odiosas de las que ya está teniendo con el filme de 1982 de Ridley Scott. Villeneuve,  es un director canadiense que  se inició como documentalista (lo que habla ya en favor de su meticulosidad y perfección). Con su segundo trabajo Next Floor (2008), gana el premio al mejor cortometraje en los festivales de Cannes, Sitges y Toronto. Con su primer largometraje Polytechnique (2009), se revela como un buen conductor de los resortes y vías del thriller. A partir de ahí, con su siguiente trabajo, la fenomenal Incendies (2010), salta a lo más alto del prestigio internacional con la nominación a mejor película en los Oscar, Bafta, César franceses y Canadá.  Con Prisioneros (2013), llega a la cima del thriller con un filme desasosegante y oscuro, que lo pone al nivel de los mejores directores del género y recibe de nuevo premios internacionales. En este filme cuanta ya con el binomio Johann Johannsson en la música y Roger Deakins en la fotografía. Con éste último, y los compositores Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, forma un equipo ganador para crear un mundo audiovisual propio realmente hipnótico y adictivo en este Blade Runner 2049. Tras el intenso thriller Sicario (2015), Villeneuve vuelve a lograr un filme muy sugerente (de nuevo con la partitura de Johannsson) con la hermosa La llegada (2016), sin duda uno de los mejores filmes de ciencia ficción de los últimos años que obtiene 8 nominaciones a los Oscar. 




Blade Runner 2049 logra una perfecta transición respecto a la historia del Blade Runner de Scott y clarifica lo sucedido en aquella, manteniendo al mismo tiempo ciertas incógnitas de índole filosófico y humano que acompañan al hombre desde que éste se hirguió sobre sus dos patas y dejó de ser un mono para pasar a ser un homo sapiens (cuestión que Stanley Kubrick abordó ya hace décadas con esa obra maestra de la ciencia ficción llamada 2001: Una odisea del espacio). Villeneuve con indudable personalidad, deja ahí planteados esos enigmas trascendentales que el novelista Philip K. Dick introdujo en su novela corta inspiradora del filme de Scott (¿Sueñan los androides con ovejas eleéctricas?pero introduce además multitud de subtemas con un tratamiento muy respetuoso al Blade Runner de 1982 y con guiños a éste (recuperando a Harrison Ford  y a la replicante Rachel) para mayor placer de sus fans. 



Dentro de estos temas podemos encontrar: la “humanidad” cada vez mayor de los replicantes 
frente a personas cada vez menos humanas/ El cada vez mayor abismo entre pobres y ricos en la sociedad del futuro, donde la tierra ya es un lugar inhabitable/ El mito de Frankenstein a través del magnate de la ingeniería genética Niander Wallace (un inquietanteJared Leto), ese Dios de la cibernética creador de unos replicantes cada vez más perfectos, pero frustrado por no ser capaz de darles una cualidad que sólo poseen los nacidos de un útero materno. Un dios cruel y despiadado. / La realidad virtual como una vía alienante y de escape para huir de una realidad vital desalentadora tanto para humanos como para replicantes, donde el aislamiento es casi absoluto y los acompañantes virtuales se imponen para sustituir al real, afectivo y humano (¿esto ya les suena en el actual 2017, verdad?). Los subtemas pues son muchos, y además de permitir una reflexión filosófica, incluyen una crítica social implícita sobre el futuro que nos espera, en el que la evolución de los robots es creciente, inquietante e imparable debido a los avances gigantescos de la inteligencia artificial. 




Villeneuve nos sumerge pues en ese futuro descarnado y desesperanzador con una maestría visual y narrativa apoyada por una increible fotografía de Roger Deakins y una banda sonora hipnótica que hacen de todo el filme una experiencia audiovisual inmersiva de gran calibre. Con planos interiores que parecen obras del pintor Edward Hopper. Los diálogos son los justos, dejando que las situaciones y las imágenes hablen por si solas. Con un reparto de altura en el que el duelo Goslin-Ford  logra momentos muy emotivos, destacando también el excepcional trabajo de las actrices: Robin Wright Penn, la hispana Ana de Armas y la holandesa Sylvia Hoeck. Recupera también en una breve pero intensa aparición del Chicano Californiano Edward James Olmos (el inquietante policía amante de la papiroflexia en la versión de 1982). No faltan tampoco los guiños a toda la imaginería visual que idearon Douglas Trumbull, Syd Mead, Richard Yurichich y David Dryer, con ese plano del anuncio de ATARI (marca fetiche de videojuegos ochenteros) y esa ciudad cuajada de enormes edificios lúgubres llena de anuncios luminosos que parece un cementerio compartido por humanos y replicantes. 


El tiempo dirá si este Blade Runner 2049 se convertirá por derecho propio en un clásico de la ciencia ficción de este nuevo siglo XXI. Indudablemente, estamos ante una obra magnífica de un creador (Denis Villeneuve) que se ha enfrentado con pericia y maestría a un reto que era muy difícil: contentar a los amantes del filme de Scott  (una obra ya universal y de culto) y, al mismo tiempo, anonadar a los nuevos espectadores con un filme que supone toda una experiencia audiovisual. Los que lo tildan de frío y lo vapulean (como ya pasó en el estreno de 1982 por parte de más de una voz) han de pensar que ese mundo futuro y apocalíptico que bebe directamente del cine Neo Noir y de una estética ciber punk que sentó el primer Blade Runneres un mundo poblado de personajes sin alma (replicantes y robots de todo tipo) y “mascotas virtuales” igualmente desprovistas de humanidad. En un momento dado, la lugarteniente Joshi interpretada por Robin Wright le dice a K (Ryan Goslin): “Tu no tienes alma, y no te ha ido mal sin ella”. Quizá en ese futuro distópico que nos espera llegue un momento en que los replicantes y los robots alberguen en su interior más humanidad que los propios humanos. Muchos de nosotros no llegaremos a vivirlo (afortunadamente), pero como Deckard decía en el Blade Runner de Scott: “Yo no sabía cuanto tiempo viviría ella. Cuanto tiempo me quedaría a mí....pero en realidad... ¿Quien vive?... “

Gonzalo J. Gonzalvo.


CUANDO LA SECUELA LE DEBE DEMASIADO AL ORIGINAL.


Coincido con Gonzalo J. Gonzalvo en que estamos ante un film apreciable, con indudable calidad. La ciencia ficción (y sus variantes subgenéricas) necesitan películas planteadas con seriedad y que puedan aportar algunas ideas, más allá de la parafernalia de los trucajes digitales. Estamos ante uno de esos casos y puede entenderse, hasta cierto punto, que al contrastar con la mediocridad y ramplonería reinantes pueda deslumbrarnos con algunos de sus elementos. De hecho, yo iba muy bien predispuesto (quizás demasiado) ante la opción en la dirección del canadiense Denis Villeneuve, que en La llegada (2016), ya había logrado dignificar el género, en este caso en la variante: encuentro con alienígenas. 

Lo que ocurre ahora es que una vez vista, la sombra del Blade Runner de 1982 es demasiado alargada. Los mejores momentos del nuevo film, le deben todo, incluso desde el punto de vista más formalista, a las imágenes y sonidos creados por el equipo de Ridley Scott en el pasado (Jordan Cronenweth, dirigiendo la fotografía, o Vangelis en la banda sonora; por citar a dos de los más evidentes). Ridley Scott que ahora es uno de los productores ejecutivos y Hampton Fancher (guionista, junto a Michael Green, un reciente colaborador de Scott en Alien Covenant), parece que han impuesto su visión sobre los trabajos del director canadiense Denis Villeneuve, del veterano director de fotografía inglés Roger Deakins o en la música compuesta por el joven Benjamin Wallfisch (responsable ya de la banda sonora en las exitosas Dunkerque o It) y Hans Zimmer. En principio, esa descarada influencia no es perniciosa, pero es evidente que invalida cualquier posibilidad de originalidad e innovación real. De hecho, uno de los puntos más fuertes del film, esa reflexión sobre lo que significa ser humano, esa sensación de que los seres nacidos parecen frias máquinas sin conciencia y que los replicantes parecen más humanos que sus creadores, acertadamente señalado por Gonzalo J. Gonzalvo en su crónica, ya estaba presente, y de un modo más sutil y efectivo en la vieja película que culminaba con esas imágenes épicas de la mítica escena en la que moría Roy Batty, el líder de los rebeldes Nexus 8, en una soberbia interpretación de Rutger Hauer.




Tampoco hay nada demasiado novedoso en cuanto a la recreación de los universod ideados por el escritor norteamericano Philip K. Dick (1928-1982) que  en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas elécricas?, de 1968, fue el primero en inventar este universo en el que las máquinas reivindicarán su humanidad. Incluso la fusión genérica (serie negra policíaca + Ciencia ficción) ya había sido investigada, con éxito, por este prolífico escritor capaz de moverse en los dos géneros con soltura. El mérito de haber puesto de moda la obra de K. Dick es de Scott (junto a Hampton Fancher y David Webb Peoples, los guionistas del viejo Blade Runner) que "actualizaron" las brillantes ideas del escritor. Desde los años ochenta, muchos han utilizado sus novelas y relatos. Paul Verhoeven en Desafío total (1990), Steven Spielberg en Minority Report (2002), o desde la experimentación e independencia Richard Linklater en A Scanner Darkly (2006), han reinterpretando con libertad sus ideas, logrando películas de género muy diferentes entre sí, pero más que apreciables.




En el año 2015, K. Dick pasó a formar parte también del universo de las series. Dos, al menos, se pusieron en marcha durante ese año: Minority Report (10 episodios) y The Man in High Castleen la que Frank Spotnitz adapta una de sus mejores novelas (escrita en 1963, y que está traducida al español con el título de El hombre en el castillo). 

Resumiendo, creo que las razones para no considerar Blade Runner 2049, una obra maestra son evidentes, pero insisto en que puede y debe verse esta revisión, aunque se quede a la sombra de la película de Ridley Scott. Por cierto, algunas salas están recuperando, la versión conocida como The Final Cut (Blade Runner, el montaje del director), de 2007, la única sobre la que Ridley Scott tuvo el control artístico completo. Programarse una doble sesión con ambas, podría ser una experiencia inolvidable, pero estoy seguro  que pondría de relieve las carencias de esta reciente secuela, que a pesar de todo también recomiendo ver y disfrutar. Si fuera posible, se puede completar la sensación de inmersión (más allá del videojuego creado en 1997 y desarrollado a partir del film) con el paisaje sonoro reforzado por el sistema Atmos que ya tienen algunas salas...

Roberto Sánchez.

-Aragonia, C. Grancasa, Palafox, Puerto Venecia, Yelmo-

lunes, 9 de octubre de 2017

La cordillera (2017)***

Dir: Santiago Mitre
Int: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Érica Rivas, Gerardo Romano, Paulina García, Alfredo 
Castro, Daniel Giménez Cacho, Elena Anaya, Leonardo Franco, Christian Slater.


En una Cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, en donde se definen las estrategias y alianzas geopolíticas de la región, Hernán Blanco (Ricardo Darín), el presidente argentino, vive un drama político y familiar que le hará enfrentarse a sus propios demonios. Deberá tomar dos decisiones que podrían cambiar el curso de su vida en el orden público y privado: una difícil situación emocional con su hija, con problemas psicológicos serios, y por otro, la decisión política más importante de su carrera, que podría tener evidentes repercusiones a nivel internacional. 

Santiago Mitre es otro director argentino capaz de sublimar los géneros (aquí una fusión entre thriller político y una historia más íntima de fuerte peso psicológico) y de correr algún que otro riesgo a la hora de equilibrar aspectos que no suelen estar presentes (o si lo están, tratados con superficialidad) en las películas con implicaciones políticas de la factoría de Hollywood. Sus inquietudes como cineasta se mostraron con solidez y elegancia en sus películas anteriores Carancho (2010), El estudiante (2011) o en Paulina (La patota, 2015), cuyo guionista, Mariano Llinás, repite en La cordillera. Además de contar con Ricardo Darín (con el que ya había trabajado en Carancho), insiste también con Dolores Fonzi (brillante protagonista de Paulina, que ahora es Marina, la hija del presidente), quizás el otro personaje con más complejidad de esta historia, sin el que no podríamos acceder a  la vertiente más íntima y personal del presidente Hernán Blanco. 



La tensión entre la responsabilidad política y personal-familiar quedan patentes en una película que apuesta por la solvencia como actor de Ricardo Darín, que resuelve los no pocos problemas que tiene el guion a la hora de conciliar la historia personal con el marco político descrito, las relaciones con los otros presidentes y agentes políticos, o con las presiones de los diferentes poderes fácticos que realmente ostentan el control y dominio mundial.



La ambiguedad ética y moral (o visto de otro modo, la habilidad política de un supuesto hijo del pueblo, con un perfil bajo en cuanto a su visibilidad), refuerzan el relato y al mismo tiempo, si no fuera por el buen trabajo de Darín, serían razones suficientes para olvidar esta película, que en su retorcido juego por mostrarnos dónde están los límites en la  política (y en la vida más personal y cotidiana) entre el BIEN y el MAL, alcanza su verdadero valor como mensaje comprometido con una realidad compleja y preocupante.

Roberto Sánchez

-Aragonia-

miércoles, 4 de octubre de 2017

Madre! (Mother!, 2017)***

Dir: Darren Aronofsky
Int: Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, 
Brian Gleeson, Kristen Wiig, Cristina Rosato, Marcia Jean Kurtz, Ambrosio De Luca, 
Hamza Haq, Anana Rydvald, Arthur Holden, Bineyam Girma, Jaa Smith-Johnson, Xiao Sun.

Darren Aronofsky tiene una filmografía bastante atípica, muy personal. Este neoyorquino, nacido en 1969, se inició en el cine con el cortometraje Fortune Cookie (1991), después de tres trabajos cortos más, inicia su trayectoria en el campo de los largometrajes con Pi, fe en el caos (Pi, 1998), con guion propio, según una historia concebida por él, junto a Sean Gullette y Eric Watson; le sigue la inquietante Réquiem por un sueño (2000), según un libro de Hubert Selby Jr., uno de sus habituales colaboradores, que convirtió en guion Aronofsky, desarrollando un estilo personal siempre capaz de poner a sus actores y al espectador en los límites de lo soportable, a fuerza de ser fiel a las sensaciones y experiencias de tres adictos a las drogas y estupefacientes legales e ilegales; en La fuente de la vida (The Fountain, 2006), historia de Aronofsky y Ari Handel, escrita de nuevo por él mismo, el resultado supone todo un viaje fantástico- lisérgico que se inicia en el siglo XVI y culmina en el XXVI. 

Le costó convencer a los productores que podía afrontar un cine más convencional, pero lo logró con El luchador (The Wrestler, 2008), con guion de Rober D. Siegel) y Cisne negro (2010) que sólo dirige, partiendo de una historia de Andres Heinz, guionizada por Mark Heyman y John J. McLaughlin. Con todo, y debido a su fuerte personalidad a la hora de mover la cámara y encuadrar (también con sus particuliradidades en la edición), son indudablemente películas que puede firmar sin sentir traicionado su estilo. Vuelve a sus territorios con Noé (2014), un guión suyo y de Ari Handel, quizás originalmente un encargo, que lleva a su terreno personal, sacudiendo las convenciones del género bíblico. 




Toda esta introducción era necesaria para poder decir que en Mother!, Aronofsky ha dado su do de pecho. Con un guión solamente elaborado por él, con una compleja (a)puesta en imágenes, dentro de un espacio relativamente pequeño (esa mansión que habitan la pareja formada por Madre-Jennifer Lawrence y Él-Javier Bardem), que deviene universal y atemporal, logra una suerte de epopeya cacofónica y arrítmica, por la banda sonora (música electrónica, programada por Rutger Hoedemaekers, y orquestada por Jeff Atmajian, que sólo se reivindica al final con la inclusión del tema Until The End Of The World, en la voz de Patti Smith) y por sus delirantes imágenes que misteriosamente van adquiriendo sentido (y sentidos).




Darren Aronofsky plantea una apuesta que difícilmente superará el público más convencional. Hasta la elección de cuatro brillantes intérpretes (Lawrence, Bardem. Harris y Pfeiffer) que además son estrellas de Hollywood, parece simplemente una trampa. Todos están bien (en realidad bastante bien), pero la Madre, es la que llevará un mayor peso sobre sus espaldas (por cierto, la joven pero ya experimentada actriz norteamericana sale muy bien del difícil cometido). La fama internacional les permite encarnar a unos personajes convertidos en símbolos universales. Es la tensión entre el estrellato de sus intérpretes y sus personajes lo que de alguna forma encamina la historia hacia la lectura fantástico simbólica.




Será difícil encotrar medias tintas a la hora de valorarla. Hemos dudado durante días en despreciarla o encumbrarla. Y, aún considerando que puede resultar endeble en su atrevimiento metafórico (¿reflexión perturbada sobre la creación y la Creación, sobre la historia de un presente agónico, sobre Adán y Eva, sobre Caín y Abel, sobre la Kábala,...? y mil alusiones más...), hemos terminado por rendirnos ante su valentía al defender un estilo que, sin duda, ha tenido en cuenta logros a la hora de navegar por los universos cinematográficos de Roman Polansky, Luis Buñuel, Federico Fellini, Terrence Malick o el mismo Emir Kusturica. No es que haya citas directas a ninguno de ellos, pero hay destellos de esos creadores, que elaborados con una visión propia y obsesiva han producido una refrescante (y oscura) locura fílmica.

Roberto Sánchez
Antonia Bordonada

-Aragonia, C. Grancasa, Puerto Venecia, Yelmo-

jueves, 28 de septiembre de 2017

Los misteriosos asesinatos de Limehouse (The Limehouse Golem, 2016)***

Dir: Juan Carlos Medina
Int: Bill Nighy, Olivia Cooke, Douglas Booth, Daniel Mays, Eddie Marsan, María Valverde, Sam Reid, Morgan Watkins, Adam Brown, Peter Sullivan, Amelia Crouch, Damien Thomas, Mark Tandy,  Michael Jenn, Simon Meacock.


El guión de Jane Goldman adapta la novela Dan Leno and the Limehouse Golem (1994) de Peter Ackroyd, uno de los más acreditados escritores ingleses del momento. Un amante confeso de Dickens y del Londres victoriano. Los que han leído la novela, dicen que el guión de la película de Juan Carlos Medina no está a la altura del sofisticado homenaje que se hace en ella al Londres de finales del siglo XIX, a sus luces y sombras, tantas veces retratadas, pero que continúan teniendo un atractivo especial, entre morboso, oscuro y maravilloso.

Las críticas recibidas por el film han sido muy variadas. Se mueven entre luces y sombras, igualmente. Recojo dos fragmentos de ellas, con las que coincido, al menos de entrada. Quim Casas en el Diario El Periódico nos describe con precisión su fusión genérica: "Curioso y atmosférico cruce entre relato criminal, fantasía gótica, expresionismo y la herencia malsana de Jack el destripador. (...) posee más atmósfera (...) que una intriga bien construida...Y Yago García, desde la revista Cinemania, resalta sus conexiones con una serie irregular pero atractiva: "La narrativa del filme y su puesta en escena recuerdan a los capítulos buenos de Penny Dreadful (que bastante es) (...) brilla la química entre los protagonistas". Por ciertto, la serie Penny Dreadful, iniciada en 2014, fue ideada por John Logan, y ha tenido al menos a dos realizadores españoles en nómina (Paco Cabezas y J. A. Bayona), su estrella indiscutible es Eva Green, aunque está muy bien acompañada de Josh Hartnett (¡un hombre lobo nortemericano en Londres!), Timothy Dalton (Sir Malcolm Murray, un Holmes de lo misterioso) y trata en persona a Dorian Gray, Victor Frankenstein (y a sus criaturas), Henry Jekyll, Renfield y unos cuantos vampiros y brujas.



El ambiente creado por Juan Carlos Medina y Jane Goldman es parecido, pero mucho más posibilista, tanto que entre sus personajes aparecen los históricos Dan Leno, uno de los míticos actores de music hall de finales de la época victoriana, al que Ackroyd destaca hasta en el título de su novela y Karl Marx, sí, el autor de Das Kapital, que en efecto residía en el Londres de la época. Medina, que ya había dirigió la interesante Insensibles  (2012), logra, como comentaba Quim Casas, crear una atmósfera que casi puede cortarse por su densidad y riqueza de matices. Detrás tiene a los eficientes británicos Simon Dennis (fotografía), Frederic Evard y Nick Wilkinson (los dos en dirección artística). En ese escenario, reconstruido con pasión y eficiencia se mueven los protagonistas de esta pulcra y algo sanguinolenta ficción victoriana. La película empieza por el final, cómo bien nos muestra Dan Leno, interpretado por Douglas Booth, otro brillante joven actor de la cantera británica.



Leno, desde su escenario, ejerce de maestro de ceremonias, y con ese gesto, transforma el film en una pantomima (muy verosímil) sobre una serie de asesinatos especialmente truculentos en  Limehouse. Los vecinos comienzan a conjeturar que tan monstruosos crímenes solo pueden ser obra del Golem, así la trama se emparenta igualmente con la mítica judía y con el expresionismo alemán que tanto provecho le sacó (destacan la novela de Gustav Meyrink, de 1915, y el maravilloso film, de 1920, dirigido por Carl Boese y Paul Wegener, cuyo título original fue Der Golem, wie er in die Welt kan). Desesperada, la policía pone al experimentado detective Kildare (interpretado con corrección por Bill Nighy) al frente de la investigación.



En el apartado actores, hay también ciertas irregularidades. Brillan, a mi parecer, Douglas
Booth (uno intuye que debería haber tenido más peso...), Olivia Cooke y la española María
Valverde, cumplen todos los demás, con una calidad y precisión británica. La reconstrucción 
de época es soberbia, y sólo queda decir que aunque la trama resulta previsible la película
se ve con agrado, quizás por la riqueza de sus alusiones y el sentido homenaje a la época
victoriana.


Roberto Sánchez

-Aragonia-

miércoles, 27 de septiembre de 2017

La historia del amor (2016)***

Dir: Radu Mihaileanu
Int: Derek Jacobi, Sophie Nélisse, Gemma Arterton, Elliott Gould, Torri Higginson, Marko Caka, Alex Ozerov, Lynn Marocola, Mark Rendall, Jamie Bloch, Nancy Cejari, Masa Lizdek, Russell Yuen, Julian Bailey, William Ainscough.


Radu Mihaileanu es un director rumano, cuya formación y carrera profesional es fundamentalmente francesa, aunque su cine siempre ha tenido una vocación internacional. De hecho, casi todos sus filmes tienen como escenario, territorios de los cinco continentes. Siempre con un estilo visual algo aparatoso, logra conmover y reforazar sus historias de emigración, amor, lucha y esfuerzo por sobrevivir, desgranadas ya en un puñado de películas irregulares, pero siempre emotivas y con buenas dosis de entretenimiento: El tren de la vida (1998), Vete y vive (2005), El concierto (2009) o La fuente de las mujeres (2011). Desde el año 2011 no se había puesto detrás de las cámaras, y recientemente ha adaptado, junto a la argentina Marcia Romano, una novela de Nicole Krauss que con su novela La historia del amor, nos plantea con amenidad y delicadeza uno de esos temas universales que siempre han sido motores imprescindibles de la creación humana. 



La película se inicia en Nueva York, en la actualidad. Leo (Derek Jacobi), un viejo inmigrante judío polaco, lúdico y divertido, vive recordando a “la mujer más amada en el mundo”, el gran amor de su vida. En el otro extremo de la ciudad, Alma (Sophie Nélisse), con el espíritu de una adolescente llena de pasión, descubre el amor por primera vez. Nada parece unir a Leo y Alma. Y sin embargo… desde la Polonia de los años 30 al Central Park de hoy en día, el manuscrito de un libro, “La historia del amor”, escrito originalmente en yidis, y publicado por primera vez en Español, viajará a través del tiempo y de los continentes para unir sus destinos.


Radu Mihaileanu se lía bastante al urdir las tramas (no tan complejas), y facilita alguna que otra confusión con sus saltos temporales y con un estilo algo ampuloso y grandilocuente. El magnífico actor británico Derek Jacobi, y el neoyorquino Elliott Gould (dos ilustres veteranos) están algo sobreactuados, o nada controlados por Mihaileanu, la bella banda sonora de Armand Amar, también "sobreactúa", en fin, todo parece excesivo; pero el conjunto de las interpretaciones y la caótica dirección de Mihaleanu, producen, al final, una especie de ensalmo, de canto al amor, a su necesidad. Y, aunque pueda parecer sorprendente, el resultado final es sumamente agradable, y el mensaje sobre lo importante que son y serán las historias de amor, totalmente necesario. 



Permítanme una digresión personal, pero que creo puede justificar perfectamente las tres estrellas que ha terminado llevando esta caótica e irregular producción entre Francia, Canadá, Rumania y USA, comandada por el citado Mihaileanu. Cuando le comento a mi pareja sentimental que la película me ha llegado a emocionar y que trata sobre ese "tema eterno" del amor, me encuentro con una oportuna reflexión sobre él. Más o menos viene a decirme que sin el amor no existiríamos (y es literal). La conversación nos lleva a un verso de una canción de Hilario Camacho que dice "nadie duerme sin sueños de amor", incluido en el tema "El peso del mundo" (del LP "De paso", de 1975), adaptación libre de un fragmento del poema Howlde Allen Guinsberg, y todo ello a justificar y entender que sin el amor y su supervivencia contra los vientos y las mareas de la intolerancia y ese fascismo que ya asolaron Europa, no hace tantos años, y que parecen estar volviendo a reaparecer, sólo queda resistir, con pasión e impulso, solo nos queda escribir/rodar/pintar/componer/tocar/esculpir, siempre, una y otra vez, la historia del amor.

Roberto Sánchez

-Aragonia-